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Discurso del Presidente de la República Italiana Sergio Mattarella en la ceremonia solemne de investidura como Doctor honoris causa
Majestad,
Excelentísimo Rector,
Estimado Decano de la Facultad de Filología,
Distinguidos Decanos y Profesores,
queridas alumnas y queridos alumnos,
antes que nada, permítanme expresar al excelentísimo Rector, al Claustro Académico y a la Facultad de Filología mi más sincero agradecimiento por el gran honor que supone recibir un Doctorado honoris causa de una institución tan prestigiosa, cuya tradición académica le ha permitido, a lo largo de los siglos, acompañar a España y a Europa, siendo cuna de insignes estudiosos.
Agradezco al Profesor Vicente Gonzales Martín por tan generosa laudatio.
En un diálogo ideal con sus homólogos italianos, puede hallarse una contribución relevante a la formación de la cultura europea tal y como la conocemos hoy en día.
De hecho, en este contexto, las relaciones entre España e Italia constituyen uno de los ejes fundamentales.
A lo largo de un periodo que abarca desde la Antigüedad romana hasta la época contemporánea, nuestros países han compartido estructuras institucionales, modelos culturales y dinámicas políticas que han influido profundamente en su respectiva evolución histórica.
Una relación profunda que, más allá de las relaciones entre los Estados, ha dejado huella en las sociedades de nuestros pueblos, en las que las dimensiones política, cultural, religiosa e intelectual se han entrelazado constantemente e influenciado mutuamente.
Sabemos que las primeras raíces de las relaciones entre España e Italia se remontan al Imperio romano.
La romanización de la Hispania y de la península itálica dio lugar a una base cultural compartida, basada en el derecho romano, en la lengua latina y en un complejo modelo administrativo.
En el ámbito cultural, hemos vivido una auténtica fusión: pensemos en Lucio Anneo Séneca - cordobés - cuya reflexión ética influyó profundamente en el pensamiento moral de Europa. Del mismo modo, en lo que respecta a Italia, figuras como Cicerón, Virgilio y Tito Livio elaboraron modelos literarios e historiográficos que se convirtieron en patrimonio común, dando lugar a un concepto universalista del poder destinado a influir en todo el continente.
La caída del Imperio Romano de Occidente no interrumpió por completo su continuidad. El derecho romano siguió desempeñando su función reguladora, contribuyendo así a desarrollar una tradición jurídica común destinada a resurgir en los siglos posteriores.
La intensidad de nuestras relaciones culturales no se vio mermada ni siquiera por la fragmentación política que caracterizó a España e Italia durante la Edad Media.
Si bien el Papado constituyó un punto de referencia común, la transmisión del conocimiento desempeñó un papel fundamental, sobre todo gracias a la creación de las primeras universidades.
En el siglo XIII, con pocos años de distancia, se fundaron el Studium de Salamanca y la Universidad Federico II de Nápoles, la cual, hace poco más de un año, otorgó por vez primera un doctorado a un Jefe de Estado, a Su Majestad Felipe VI.
Entre los recuerdos más intensos de mi mandato presidencial conservo esa ceremonia, llena de significado, que se vio realzada por la magnífica lectio de Su Majestad, a quien agradezco su presencia hoy aquí.
Majestad, en aquella ocasión usted dijo: «Sin España no se puede comprender Nápoles, y sin Italia y, concretamente, sin Nápoles, no es posible comprender a España».
Estoy seguro de que Su Majestad estará de acuerdo conmigo si añado hoy lo siguiente: sin España y sin Italia no se puede comprender a Europa.
Las Universidades de Nápoles, Salamanca, Bolonia y Valladolid no fueron entidades aisladas, sino nudos de un sistema supranacional de circulación de docentes y estudiantes, con la lengua común del latín, que contribuían en difundir valores compartidos: la idea de una racionalidad ordenadora, la primacía del derecho, la centralidad de la reflexión teológica y filosófica, y el reconocimiento de un saber estructurado según métodos rigurosos como la lectio y la disputatio.
En estos centros es donde se formaba una élite intelectual europea, consciente de pertenecer a una misma res pública christiana.
El Claustro de Doctores de esta Universidad ha decidido rendir homenaje a la figura de uno de los fundadores - hace quinientos años - de la «Escuela de Salamanca», Francisco de Vitoria, protagonista de reflexiones y definiciones que - aún hoy - constituyen principios fundacionales de la comunidad internacional, a partir de su «totus mundus est quasi una res publica», con el paso de la concepción de la comunidad vinculada a la cristiandad medieval a la de la comunidad universal del género humano.
Encontramos, una vez más, una conexión con el mundo romano, con las obras de Gayo.
De Vitoria retoma la definición de ius gentium del jurista romano «derecho practicado por todos los hombres, inter omnes homines, porque ha sido establecido por la razón natural» para afirmar, en sus Relectiones, que se trata de un derecho que «la razón natural ha establecido entre todos los pueblos», definiendo una relación directa entre la comunidad política y el derecho internacional.
El paso de la Edad Media a la modernidad conlleva una profunda transformación en la forma de concebir al hombre y al poder.
Hay dos autores destacados en este pasaje: Nicolás Maquiavelo y Miguel de Cervantes, quienes son considerados a menudo como muy distantes en cuanto a género y a estilo, pero sorprendentemente cercanos desde un punto de vista antropológico.
Maquiavelo, que reconoce al hombre como un sujeto histórico responsable, capaz de actuar dentro de las leyes de la realidad, y que desarrolla un análisis del poder que no justifica la tiranía, sino que desenmascara los engaños que permiten que el poder arbitrario se perpetúe.
Cervantes, quien, con Don Quijote, reivindica la libertad interior y la dignidad del ideal, anticipando una comprensión europea de la dignidad humana como valor intrínseco, independiente del éxito o del reconocimiento social.
Ambos autores, si bien con herramientas diferentes, contribuyen a que surja una conciencia moderna del ser humano, basada en la responsabilidad individual y en una mayor comprensión del conflicto entre ideal y realidad.
Al adentrarnos en la Ilustración, nos encontramos con Cesare Beccaria y Gaspar Melchor de Jovellanos. Ambos, perseguidos por sus ideas, dan testimonio de lo difícil que resulta imponer la razón en contextos autoritarios.
Beccaria afirma que la ley debe ser expresión de la razón y la justicia, y contribuye al nacimiento del derecho penal moderno en Europa.
Jovellanos expone esos mismos principios con una perspectiva civil y reformista, concibiendo el Estado como garante de los derechos.
Esta construcción progresiva de una cultura europea basada en los valores universales de igualdad, dignidad, libertad y primacía del derecho no logró evitar sin embargo las grandes crisis del siglo XX, crisis que vivieron nuestros países, aunque con modalidades y desarrollos diferentes.
También en la crisis de valores que atraviesa el continente en un siglo que ha conocido los horrores del nazismo y del fascismo y los del comunismo, la cultura sigue siendo un dique, como atestigua el valiente discurso pronunciado por Miguel de Unamuno precisamente en esta universidad el 12 de octubre de 1936: «Venceréis, pero no convenceréis»: palabras que se convierten en un emblema contra las fuerzas autoritarias y en defensa de la razón y de la conciencia libre.
No menos poderosas, tras la Segunda Guerra Mundial, son las palabras de Primo Levi y de María Zambrano, que representan dos respuestas diferentes, aunque convergentes, ante la barbarie del siglo.
Levi, superviviente de Auschwitz, convierte la escritura en un testimonio y una defensa de los derechos humanos.
Zambrano, filósofa del exilio, elabora un concepto de Europa como patria espiritual, fundada en la persona y en la compasión.
En el diálogo a distancia entre estos dos pensadores surge un europeísmo que precede a un sentido estrictamente político y se define en ámbito ético y cultural.
Europa, a fin de cuentas, encuentra su fundamento en la dignidad humana, en la solidaridad y en los valores civiles.
Majestad, Excelentísimo Rector,
se trata de pilares sólidos, con raíces profundas, cimentados por siglos de pensamiento ilustrado y por una ética compartida.
Como escribió María Zambrano: «Nuestra alma está cruzada por sedimentos de siglos; son más grandes las raíces que las ramas que ven la luz».
Confiamos en estos cimientos: no cederán ante los ataques de quienes desean desmantelar la construcción europea.
Debemos recuperar la ambición de los líderes que, en 1951, en el preámbulo del Tratado de la Comunidad del Carbón y del Acero, escribieron estas palabras: «Convencidos de que la contribución que una Europa organizada y viva puede aportar a la civilización es indispensable para el mantenimiento de relaciones pacíficas».
Una Europa que constituye, por tanto, un núcleo indispensable para el mantenimiento de esas relaciones pacíficas que, seis años antes, la Carta de San Francisco había situado en el centro de la misión identitaria de las Naciones Unidas.
Una organización que se creó para sustraer a los Estados individuales - no importa cuán poderosos - las decisiones fundamentales sobre la paz y la seguridad, imaginando así una nueva era del derecho internacional basada en tres pilares: la prohibición del uso de la fuerza; el principio de igualdad soberana de los Estados; y la promoción universal de los derechos humanos.
Una construcción en la que la paz y los derechos humanos no constituyen ámbitos separados, sino dimensiones complementarias de un proyecto normativo destinado a superar la lógica del sistema westfaliano.
En definitiva, la paz no coincide con cualquier tipo de equilibrio, pero se manifiesta siempre y cuando haya condiciones de justicia e inclusión.
Pensemos en el artículo 2 de la Carta, que establece: «Todos los Miembros se abstendrán en sus relaciones internacionales de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de cualquier Estado, o en cualquier otra forma incompatible con los Propósitos de las Naciones Unidas».
Mientras que en el sistema imperialista de las grandes potencias la guerra se consideraba un instrumento legítimo de política exterior, la Carta de San Francisco establece una prohibición general del uso de la fuerza, permitiendo únicamente dos excepciones: la legítima defensa y las medidas autorizadas por el Consejo de Seguridad.
Una norma que define los límites de la legitimidad del poder político en las relaciones internacionales, descartando la pretensión de que la soberanía de los Estados pueda conllevar el derecho a emprender guerras.
Tal y como ha ocurrido en estos últimos años, en los que hemos asistido a progresivos actos de erosión de la prohibición de librar guerras en las disputas internacionales.
Como el artículo 2 para la paz, el artículo 55 de la Carta de la ONU, para la promoción, establece el «respeto universal y la observancia de los derechos humanos y de las libertades fundamentales para todos sin distinción de raza, sexo, lengua o religión».
Este artículo ocupa un lugar central en el marco normativo del orden internacional contemporáneo y marca un hito histórico: los derechos de la persona ya no son exclusivamente un asunto interno de los Estados, sino que pasan a ser objeto de interés de la comunidad internacional.
En este respecto también, la brecha entre la formulación universalista de la norma y la realidad política de estos tiempos parece inmensa.
La frecuencia de las violaciones sistemáticas de los derechos humanos, favorecidas por el intento de marginar a las Naciones Unidas, merma la eficacia del orden internacional y de sus principios.
Una situación que ha acabado favoreciendo la actual tendencia contraria al espíritu de San Francisco, en la que resurge un creciente reticencia hacia las normas pactadas, y hacia los correspondientes compromisos, normas suscritas libremente por los Estados. Esto ocurre en nombre de un supuesto soberanismo absoluto, que se manifiesta sin memoria alguna de adónde puede conducir el Leviatán invocado por Hobbes.
Así pues - en contra de lo que se considera necesario para la vida ordenada de las comunidades nacionales - asistimos a la deslegitimación de los tribunales internacionales y de sus jueces, negando el valor del derecho internacional y haciendo caso omiso de la histórica decisión civilizatoria de establecer autoridades encargadas de velar por su cumplimiento y de sancionar sus violaciones.
Asistimos a la involución del sistema multilateral de control de armamentos y de las medidas de confianza mutua correspondientes, que se construyeron con tanto esfuerzo durante la Guerra Fría y en la etapa posterior a la caída del imperio soviético.
Estamos asistiendo a un debilitamiento progresivo marcado por suspensiones, retiradas y falta de renovaciones.
Un fenómeno que no conlleva sólo una pérdida de instrumentos de transparencia, sino también una transformación del ordenamiento jurídico internacional en materia de seguridad, con consecuencias importantes en lo que respecta a la previsibilidad estratégica y a la prevención de escaladas.
Tratados paralizados o retirados en los últimos años.
No se trata solamente del cese de las obligaciones pactadas, sino de la pérdida de los mecanismos que durante décadas han fomentado el entendimiento mutuo y garantizado la estabilidad.
El incumplimiento sistemático o incluso la violación de la Carta de las Naciones Unidas, el abandono de las organizaciones operativas sectoriales del sistema de la ONU, el desmantelamiento del sistema de control de armamentos y la deslegitimación de los tribunales son fenómenos que apuntan todos en la misma dirección desalentadora.
El resultado es un vacío, una «tierra de nadie» arbitraria, objeto de incursiones injustificadas - en una especie de carrera hacia nuevas conquistas, expansiones comerciales y la creación de supuestas franjas y zonas de seguridad -, en un proceso que recae con todo su peso sobre los países y los pueblos más pobres y menos afortunados.
No podemos correr el riesgo de vernos obligados a repetir las palabras con las que, en 1935, Johan Huizinga abría su obra «Entre las sombras del mañana» escribiendo: «Vemos claramente cómo casi todas las cosas que antes nos parecían sólidas y sagradas han empezado a tambalearse: la verdad y la humanidad, la razón y el derecho».
A lo largo de toda la historia moderna hemos vivido ciclos en los que los sistemas globales han sido abandonados para ser sustituidos por estructuras que reflejaban los nuevos tiempos.
Hoy en día no parece prevalecer el deseo de poner en marcha un proyecto más eficaz ni, mucho menos, parecen prevalecer los tres pilares antes mencionados: la prohibición del uso de la fuerza, el principio de igualdad soberana de los Estados y la promoción universal de los derechos humanos.
Una «vis destruens» que no surge de la necesidad de allanar el terreno para una construcción mejor, sino - al parecer - de la voluntad de eliminar aquellos límites al ejercicio de una supuesta soberanía estatal que se habían establecido para impedir el predominio de las aspiraciones hegemónicas de los grupos dirigentes al mando de los Países más fuertes, más ricos y mejor armados.
El orden internacional es, por naturaleza, dinámico: surgen nuevos protagonistas y se plantean nuevos retos.
¿Qué puede hacer Europa ante el declive del modelo cooperativo multilateral en la gestión de las relaciones entre los Estados?
¿Aceptar que sea sustituido por una visión contractualista basada en la competición?
A Europa le corresponde saber decir que no.
Decir que no a la ampliación de los conflictos, a una inestabilidad perpetua y a la multiplicación de los frentes de crisis.
Como lo demuestran los dramáticos acontecimientos que, desde el sangriento atentado terrorista de Hamás del 7 de octubre de 2023, sitúan hoy a Irán, el Líbano y a toda la región de Oriente Medio y del Golfo en el centro de una espiral de crisis cuyo desenlace no se vislumbra y con gravísimas consecuencias para la población.
Desde la invasión rusa de Ucrania se ha intensificado la convicción de que la agresión puede ser una práctica habitual en las relaciones internacionales.
Esto provoca una disminución de la atención y del compromiso hacia las verdaderas crisis que afectan a las poblaciones del mundo: la crisis climática, de la que dependen importantes fenómenos migratorios; la crisis alimentaria, la energética, la demográfica y la sanitaria. Las políticas de transferencia de ayudas tienden a esquilmarse, mientras que aumentan los gastos militares.
En estos ámbitos también están en juego valores fundamentales de la experiencia europea, como la dignidad de la persona y su libertad.
Valores que hemos compartido con la otra orilla del Atlántico y que Franklin D. Roosevelt resumió en su discurso sobre las cuatro libertades de enero de 1941: libertad de palabra y de expresión en cualquier parte del mundo; libertad de credo; libertad de librarse de la necesidad, en cualquier parte del mundo; libertad de vivir sin miedo «que – dijo - traducido en términos mundanos, significa una reducción a nivel mundial de los armamentos, hasta un punto y de una manera tan completa que ninguna nación estará en situación de cometer ningún acto de agresión física contra ningún vecino – en ningún lugar del mundo».
Parece que seguir aferrados a un orden y a unas instituciones que están perdiendo autoridad, eficacia, financiación y, en algunos casos, incluso miembros, es una receta segura para la marginación de nuestro continente.
Sin embargo, tomar conciencia de los cambios que se están produciendo y no limitarse a sufrirlos significa tener el valor de proponer una visión alternativa a la mera ley de quien parece ser más fuerte.
Ese es el camino que Europa puede y debe recorrer.
Una visión y unos principios al servicio de los cuales debemos poner herramientas y formas de actuación nuevas y flexibles, adaptadas a los nuevos tiempos y basadas en un pensamiento que se ha desarrollado a lo largo de los siglos, al que España e Italia han contribuido ampliamente.
Majestad, Excelentísimo Rector, Estimados Profesores,
en el palacio de las Naciones Unidas de Nueva York se expone un busto de Francisco de Vitoria.
El año que viene se cumple el quinto centenario del nacimiento de otro gran docente, Luis de León, teólogo, poeta, jurista y traductor de la Biblia al castellano. Aquí también encontramos un vínculo con la cultura italiana, con Petrarca y con Pietro Bembo.
De Vitoria y de León no dudaron en defender la libertad de investigación y de expresión, en una época ciertamente nada fácil.
A Luis de León se le atribuye la frase «Dicebamus hesterna die», pronunciada al regresar a la docencia tras su experiencia con la Inquisición, como muestra de la capacidad de resiliencia.
El espíritu que los animó debe inspirarnos hoy, en esta difícil coyuntura.
Hace poco menos de ochenta años, el Humanismo europeo sirvió de inspiración a los Padres Fundadores de la actual Europa.
Basta con remitirse a las finalidades asignadas a la Unión en el artículo 3 del Tratado Único:
«la paz, la seguridad, el desarrollo sostenible del planeta, la solidaridad y el respeto mutuo entre los pueblos, el comercio libre y justo, la erradicación de la pobreza y la protección de los derechos humanos, así como al estricto respeto y al desarrollo del Derecho internacional, en particular el respeto de los principios de la Carta de las Naciones Unidas».
Es una misión que nos incumbe y que concierne a nuestras sociedades y a nuestras legislaciones.
Desviarnos hoy de su aplicación significaría traicionar a nuestra cultura y a nuestros pueblos, y renunciar al papel de la Europa unida.
Si perdiésemos de vista nuestros objetivos, acabaríamos derrotados, como ya advertía Séneca: «Ignoranti quem portum petat nullus suus ventus est». Para quien no sabe a qué puerto va, ningún viento es favorable.
Nosotros sabemos a dónde tenemos que arribar: nos lo indican los Tratados de la Unión Europea.
Queridas alumnas y queridos alumnos,
sé que, en este momento, en esta prestigiosa Universidad, estudian más de 450 chicas y chicos italianos, que forman parte de un amplio movimiento de jóvenes europeos que eligen libremente dónde estudiar.
Cada año, gracias al programa Erasmus, más de 15.000 jóvenes estudian juntos entre España e Italia.
El horizonte no puede ser el de un mundo plagado de barreras de todo tipo que os impidan elegir, reuniros, conocer y ser libres.
Hoy en día, para vosotros, esta libertad es algo que consideráis —comprensiblemente— como algo normal y dado por sentado, al igual que el vivir en paz.
Sin embargo, la aparición de flagrantes cuestiones de seguridad y los brotes de cierres identitarios la ponen en peligro.
La libertad es un logro que se hizo posible y se consolidó gracias al valor y la visión de los padres fundadores de Europa.
Preservar y transmitir los espacios de libertad es un cometido de todas las generaciones.
Hoy, por tanto, es un cometido que se os transmite a vosotros.
En el conocimiento encontraréis las herramientas para ejercer el indispensable espíritu crítico: os dará la fuerza para ser ese viento que no conoce fronteras, como es propio del conocimiento.
El viento que el mundo necesita.
Salamanca, 19/03/2026 (II mandato)
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